miércoles, 20 de junio de 2007

La fuga criolla del contrapunto trasculturado


Existe ya en el título de “Contrapunteo cubano del Tabaco y el Azúcar”, del historiador, músico, antropólogo y etnólogo Fernando Ortiz (1881-1969) una alusión a la categoría “transculturación”, que inaugura en este libro publicado en el año 1940, en medio del proceso modernizador que contextualiza su práctica intelectual.
El concepto de “transculturación” expresa el “espíritu de provisionalidad” de la cultura en su doble trance de desajuste y reajuste en los espacios de interacción social. A partir de los modos de producción del tabaco y el azúcar, dos productos cultivados en las mejores condiciones y, por tanto, bajo grandes posibilidades de éxito en Cuba, Ortiz interpreta las diferentes expresiones sociales, políticas y espirituales de la historia insular a través de un ejerció dialógico cuya construcción formal, el contrapunteo, se inspira originariamente en las grandes formas musicales europeas (recordemos las misas de Juan Sebastián Bach basadas en el procedimiento técnico del contrapunto) y se aclimata como expresión latinoamericana y caribeña a través de una contienda de sabor tradicional y cultura de transmisión oral, donde el debate muestra las fortalezas y debilidades de los contrincantes en un caluroso juego de toma y daca. El de este texto de Ortiz es el contrapunteo entre un producto “descubierto” por la cultura de signo mediterráneo al llegar a Cuba-el tabaco- y el traído por el mismo admirante Colón-el azúcar-apenas llegado a las Indias Occidentales.
La transculturación no sólo se limita a la afirmación de una circunstancia específica en una comunidad, su génesis económica o sociocultural, sino que refleja los momentos transitivos de una cultura a otra, en un proceso donde no se simplifican los aportes de las culturas dominantes o dominadas, sino más bien se resarcen a través de experiencias diversas en la elaboración de construcciones novedosas. Tal vez imprevisibles, para decirlo con Elourd Glisand o híbridas remitiéndonos a las cercanías con la propuesta de Gilberto Freyre, en Casa Grande y Senzala durante los años treinta del siglo XX y desde finales de esa centuria y hasta la actualidad, con Néstor García Canclini, en la actualización de la metáfora.
Ya Ángel Rama, a mediados de los setenta del siglo pasado, al recuperar el término en su ensayo Transculturación narrativa en América Latina señala:
“Esta concepción de las transformaciones (aprobada entusiastamente por Bornislaw Malinoswki en su prólogo al libro de Ortiz) traduce visiblemente un perspectivismo latinoamericano, incluso en lo que puede tener de incorrecta interpretación. Revela resistencia a considerar la cultura propia, tradicional, que recibe el impacto externo que habrá de modificarla, como una entidad meramente pasiva o incluso inferior, destinada a las mayores pérdidas sin ninguna clase de respuesta creadora. Al contrario, el concepto se elabora sobre una doble comprobación: por una parte registra que la cultura presente de la comunidad latinoamericana (que es un producto latente trasculturado y en permanente evolución) está compuesto de valores idiosincrásicos, los que pueden reconocerse actuando desde fechas remotas: por una parte corrobora la energía creadora que la mueve, haciéndola muy distinta de un simple agregado de normas, comportamientos, creencias y objetos culturales, pues se trata de una fuerza que actúa con desenvoltura tanto sobre su herencia particular, según las situaciones propias de su desarrollo, como sobre las aportaciones provenientes de fuera. Es justamente esa capacidad para elaborar con originalidad, aún en difíciles circunstancias históricas, la que demuestra que pertenece a una sociedad viva y creadora, rasgos que pueden manifestarse en cualquier punto del territorio que aunque preferentemente se los encuentre nítidos en la capas recónditos de las regiones internas”
La búsqueda de categorías diferenciadoras de los procesos culturales propios de América Latina frente a la experiencia histórica europea constituye desde nuestra perspectiva, un ejercicio de representativa y búsqueda de independencia que pasa por la comprensión de la heterogeneidad de los procesos culturales y por tanto, desde el punto de vista del pensamiento crítico, de las reflexiones que apuntan a las definiciones sobre cómo comprender y aprehender una concepción de cultura.

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